La danza del vientre

La danza del vientre

–¿Paramos a tomar un cortado? –Preguntó Ariosto.

Olegario, el chófer, asintió. A su jefe le gustaba parar a hacer un descanso en la gasolinera que asemejaba una construcción de aire árabe, en plena autovía del Sur, a treinta kilómetros de Santa Cruz. Ariosto conservaba, provenientes de herencia familiar, varias parcelas en el oeste de Tenerife, en Alcalá, una localidad que, aun orientada al poniente, los tinerfeños se empeñaban en categorizarla como “sur”.

Los terrenos se dedicaban al cultivo del plátano y la gestión estaba cedida a una cooperativa agrícola local. Ariosto se entrevistaba con los dirigentes de forma periódica y en aquel momento, tras la oportuna reunión, se dirigía de vuelta a la capital. Olegario conducía el Mercedes negro, modelo 300 de 1960, que seguía en perfectas condiciones de uso después que tres generaciones de propietarios lo hubieran disfrutado de modo continuo. Como el trayecto total era superior a cien kilómetros, Ariosto era partidario de hacer un alto en el camino para descansar. Manías de isleño: cien kilómetros son muchos kilómetros en una isla, y Ariosto se acordaba de las interminables horas necesarias para llegar al sur de la isla por la carretera vieja cuando era pequeño. Un descansito nunca venía mal.
Olegario disminuyó la velocidad y desvió el automóvil por la salida 14, la de Fasnia y Los Roques. El carril de deceleración desembocaba, tras una curva a la derecha en la gasolinera y cafetería, dos en una. Para no desentonar con las cúpulas moriscas, el local recibía el nombre de café–bar Oasis.

Una vez aparcado el coche, ambos entraron en el ambiente cargado de aroma de café y plancha caliente. La temperatura era un par de grados superior al exterior, por lo que tomaron la decisión de salir a la terraza. Pidieron dos barraquitos –cortado largo con leche condensada, un chorrito de licor y una rodaja de limón– y una pulguita de pata –Olegario–y de queso blanco de Arico –Ariosto.

–Esta construcción me recuerda la época en que estuve en Dubai –comentó el chófer.
Ariosto lo miró intrigado. Muchos aspectos de la juventud de Olegario permanecían desconocidos para él.

–¿Estuvo en los Emiratos Árabes? –Preguntó–. ¿Hace mucho?

–Cuando estuve embarcado, hace años.

Olegario sabía dejar los detalles a medias. Era algo que exasperaba a Ariosto, pero este no se atrevía a preguntar más allá de lo que el chófer estuviera dispuesto a decir. Olegario se percató de que su jefe esperaba a que siguiera hablando.

–Estuve tres años dando vueltas por el mundo en un carguero francés. Tuve que salir… con prisa de Marsella en una ocasión.
Ariosto prefirió no imaginarse cuál era la causa de la prisa de Olegario, o Sebastián, como insistía el conductor en que se le llamara. Tenía conocimiento de que trabajó en los muelles de la ciudad francesa, pero no sabía cuál había sido el siguiente paso en su biografía.

–¿Y ocurrió algo especial en Dubai? –Ariosto no pudo reprimir su curiosidad.

Olegario miró al infinito, haciendo memoria.

–Recuerdo aquel asuntillo con Bárbara, la bailarina –contestó.

Ariosto enarcó las cejas. Aquello podía ser interesante.

–¿Bárbara? ¿Bailarina?

–Dubai, como todos los países del Golfo Pérsico, era un muerto por las noches –Olegario se detuvo, repasando la frase que acaba de proferir–. Quiero decir que no había lugares de diversión.

–Hasta ahí llego en el entendimiento de la jerga moderna, Sebastián –repuso Ariosto, sonriendo–. Prosiga, por favor.

–Nos comentaron que había un local donde unas bailarinas hacían el espectáculo de la danza del vientre. Por aquel entonces no servían alcohol, pero podía ser entretenido, y allí nos fuimos toda la tripulación.
Olegario se tomó una pausa y sorbió un poco del barraquito que el camarero había depositado en la mesa de plástico que ocupaban en la terraza.

–El local se llamaba La cueva de Ali Baba, imagínese, con lo que todos entramos palpando nuestras carteras, más cautos que nunca. Las cúpulas de aquel garito eran similares a estas que vemos, por eso me lo ha recordado. Nos pedimos unas pipas de agua y esperamos. A la hora anunciada comenzó el espectáculo. Para nuestra sorpresa las bailarinas que salieron al espacio central lucían rasgos occidentales.

–Tal vez no estuviera bien visto que bailaran las lugareñas, me imagino –terció Ariosto.

–Así era, en efecto. Las mujeres lucían vestidos árabes llenos de alhajas y sedas vaporosas. Al comienzo, dos bailarinas abrieron en fuego, danzando al compás de tambores y chirimías. El vaivén de sus caderas entusiasmó a los espectadores masculinos que ocupaban en local, que comenzaron a vitorearlas desde el inicio de sus contorsiones. La gracia y elegancia de sus movimientos hizo percibir, incluso al cocinero de a bordo, que aquello era una forma de arte.

–Tengo entendido que es un baile bastante sensual.

–Lo era, sobre todo para un grupo de hombres que llevaban meses en el mar. El asunto es que a la tercera pieza las bailarinas comenzaron a elegir a clientes y sacarlos a bailar con ellas.

–Típico de los lugares que frecuentan los turistas. Incluso en Dubai.

–El baile terminó –prosiguió Olegario– y llegó el momento álgido de la velada. Le tocaba el turno a Bárbara Starr, con doble erre. Las bailarinas se retiraron y dieron paso a la estrella del local. Era una mujer morena, con velo bajo los ojos, que apareció con la cabeza cubierta con un manto. Surgió de detrás de unos cortinajes y en tres pasos se adueñó del espacio central de baile. Su sola presencia concitó las miradas de todos los asistentes sin excepción. La música comenzó de nuevo y el manto se deslizó por la espalda de la mujer hasta caer al suelo. Una silueta de ensueño se perfiló al contraluz de los focos y comenzó, despacio, a bailar el rítmico sonsonete con el que comenzó su intervención. En un momento determinado, se dirigió hacia mí y, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, insistió en sacarme a bailar mí. Figúrese, yo, que apenas bailo. Mis compañeros me empujaron a hacerlo.

–Toda una exótica experiencia, ¿me equivoco?

–Aquella mujer se movía con todo el encantamiento de Oriente. El movimiento cadencioso de su cintura hipnotizaba como la mirada de una serpiente. Se desprendió de uno de los velos que adornaban su talle y rodeó mi espalda con él, atrapándome en un círculo estrecho y cercano. El embrujo era tal que no podía escapar de él. Sus ojos oscuros emitían un fulgor ardiente, que derretía mis esfuerzos por resistirme.

–Una sirena de tierra, sin duda –comentó Ariosto.

–Y en ese momento me habló.

–¿También habla usted árabe, Sebastián?

–No, me habló en perfecto español.

–¿Y qué le dijo?

–Me dijo: «vienes de una tierra lejana, donde el viento da la vida y el fuego acecha bajo tierra».

–¿Eso le dijo una bailarina árabe en Dubai? Algo desconcertante, ciertamente.

–Eso no fue todo –advirtió Olegario–. Continuó con un par de frases más: «el océano la fortalece y el olor de sus bosques la alimenta».

–Son frases de un altura literaria notable, y visionaria además, Sebastián. Se trata de metáforas perfectamente aplicables a las Islas

Canarias. Toda una sorpresa encontrarse alguien así en aquel lugar. ¿Y qué ocurrió después? ¿Hubo algún tipo de química entre ambos? ¿Surgió la llama de un romance?

–Le respondí: «¿De qué sueño te has escapado?».

–Buena respuesta –aprobó Ariosto–. Una manera perfecta de colocarse al nivel que exigía una mujer así. ¿Y qué respondió?

–Me dijo: «Hay que ver, Ole, han pasado más de veinte años y no hay forma de que aprendas a bailar».

–¿Cómo? –Ariosto no cabía en sí de asombro–. ¿Le conocía?

–La bailarina se levantó el velo que ocultaba la parte inferior de su rostro y descubrí que era Domi.

–¿Domi? ¿Alguien conocido?

–Domitila, mi vecina de Vallehermoso, en la isla de La Gomera, con la que bailaba en las verbenas del pueblo, siempre que su madre lo permitía, por supuesto.

Ariosto soltó una carcajada, desarmado.

–¡Vaya con Bárbara Starr! –exclamó, divertido.

–La cuestión fue que continué el baile con ella hasta el final, y luego la acompañé a su camerino, ante la mirada asombrada de la tripulación. No me volvieron a ver hasta el día siguiente, con lo que me convertí en el héroe del viaje.

–Me imagino que pasó el resto de la noche recordando viejos tiempos.

Olegario volvió a mirar al infinito.

–Algo así –respondió, ensimismado.

Ariosto no quiso ahondar en el tema, a pesar de que sentía curiosidad por el final de la historia.

–Entonces es cierto eso que dicen que en cualquier parte del mundo donde vayas, te encuentras a un gomero.

–Algo de razón tienen –respondió el chófer, sonriendo.

–Entonces, Sebastián, ¿es usted de La Gomera?

–Esa, señor, es otra historia. ¿Volvemos al coche?

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