El palacio oscuro

Un secreto antiguo oculta un objeto de valor incalculable.

Los restos de una mujer emparedada indican el camino.

Tres días para encontrarlo.

El Santuario del Cristo de La Laguna es allanado en la madrugada de la víspera del comienzo de las Fiestas. Los intrusos no se han llevado nada. Solo, de manera inexplicable, se han limitado a descolgar la imagen de su cruz. En la pared, unas enigmáticas frases pintadas se refieren a Luis Ariosto, que es llamado por el inspector Galán, pero ninguno sabe darles explicación.

En una obra de rehabilitación del Archivo Diocesano, entre dos muros antiguos, aparecen los restos de un esqueleto de hace trescientos años encadenado a la pared. Nadie sabe quién es la víctima del emparedamiento ni quién fue su verdugo. La arqueóloga Marta Herrero decide investigar el crimen, echando mano de sus amigos especialistas en documentos antiguos.

La periodista Sandra Clavijo va tras la pista de los autores del atropello de un sacerdote que poseía información trascendental para resolver el misterio de la mujer emparedada. Sus pesquisas le llevarán a descubrir un secreto olvidado que pondrá en peligro su vida y la de sus amigos.

Ariosto y sus amigos se verán envueltos involuntariamente en la búsqueda de un objeto histórico de un inmenso valor, que pondrá sus convicciones a prueba, que se encuentra oculto en un lugar recóndito de uno de los edificios más singulares y oscuros de la vieja ciudad.

 

CÓMO SE HIZO

Esta novela tiene algo especial que hace que me haya encariñado más de lo normal con ella. Una de las causas es que se escribió en sus dos primeros tercios durante el con-finamiento a que nos vimos sometidos durante tres meses debido al COVID19. Una de las formas de aprovechar ese tiempo, libre a la fuerza, que nos otorgaron los poderes públicos, fue dedicándolo a escribir una nueva novela lagunera que, por otra parte, iba a ser escrita de todos modos. Otra de las causas de la singularidad de este relato es que nació basándose en las ideas que fueron aportando mis seguidores de Facebook, que respondieron a la invitación siendo excesivamente imaginativos. Una de las armas que tiene todo escritor es la cambiar el contenido de los capítulos según le venga en gana. Al ir publicando en Facebook los capítulos, día a tras día, un texto que se convertía en inmutable, me vi encorsetado y determinado a la hora de escribir los siguientes. Esta dificultad añadida, en la que yo mismo me metí voluntariamente, ha creado un relato que, en los primeros momentos, fue una sinfonía coral con mis lectores, que no dudaban a la hora de proponer aventuras y giros en la trama, muchas veces divertidamente disparatados, que escogí o no, única libertad de movimientos que tenía.

El resultado a la vista está. El palacio oscuro es una novela con muchos frentes abiertos producto de su origen multitudinario, que no han sido fáciles de reconducir a un desenlace más o menos aceptable, en el que cuento siem-pre con la indulgencia del lector final.

Para la ambientación correcta de la acción, he visitado en profundidad dos lugares que no conocía bien, el palacio de Nava y el convento de las monjas Catalinas, dos maravillosos ejemplos de la arquitectura civil y religiosa canaria que se remonta a siglos pasados y que las autoridades han tenido a bien que sean rehabilitados o estén en vías de serlo para el disfrute común de los ciudadanos. O así lo espero.

El Hotel Taoro de Puerto de la Cruz es otro recordatorio de otra época, el siglo XIX, en que unos sagaces británicos se dieron cuenta de que el clima de Tenerife era el mejor del mundo de cara a su aprovechamiento turístico. El sabor victoriano del hotel debe ser preservado y devuelto a la vida. Esperemos que ocurra, como en otros casos de mis novelas, que a partir de su publicación alguien se sienta aludido y avancen las obras de acondicionamiento.

Un elemento a destacar en la novela, casi como un protagnista más, es el tríptico de Nava, una pintura de la escuela flamenca del siglo XVI, que es tal cual se describe en la novela y, además, es una de las joyas principales del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. El hecho de que estuviera físicamente en el palacio de Nava durante más de cuatrocientos años es lo que me ha empujado a introducirla en la trama. Es una obra de arte que bien merece una visita. Y aprovechándola, hay que ver el resto del museo también.

No hay que recordar que todos los personajes que pueblan esta historia, que son muchos, son imaginarios, y que cualquier parecido con alguien de la vida real es pura coincidencia. No ocurre así con la gran mayoría de los escenarios donde se mueven que son reales y visitables (o lo serán en breve), al menos en algún momento del año.

PERSONAJES

ESCENARIOS

El palacio oscuro

Cristo

Capítulo 1.

La iglesia del Convento del glorioso padre San Francisco todavía no estaba terminada del todo, pero la impaciencia de tener en ella una imagen de culto de calidad había pro-vocado que Juan Benítez, en nombre de su tío, la hubiese comprado al comerciante nada más arribar su nave de la península. La talla, de origen flamenco y de estilo gótico, mostraba un cristo crucificado exánime, con la cabeza a un lado y los miembros rígidos en cruz, muy del gusto de aquellos años.

El palacio oscuro

Iglesia del Cristo

Capítulo 4.

Una vez dentro, el Santuario del Cristo lucía más pequeño de lo que parecía por fuera. Una profunda y alta nave pro-vocaba que las miradas se dirigieran inevitablemente al fondo, donde faltaba de su lugar acostumbrado la imagen de madera del Cristo crucificado, enmarcado en un impresionante retablo de plata que dominaba la zona del altar.

–¿Sabe, Antonio, que el Cristo de La laguna es una talla flamenca de comienzos del siglo XVI, traída a Tenerife por los conquistadores? Desde siempre fue referente de culto, aunque su importancia aparece realmente reflejada en 1588, cuando comenzó a salir en las procesiones de Semana San-ta.

Galán asintió, conocía la importancia social de aquella imagen y su estrecho vínculo a la Semana Santa lagunera, menos conocida internacionalmente que la de otros puntos de España, pero de una riqueza, solemnidad y devoción muy profundas que no envidiaba a ninguna. Llegaron al final de la nave y observaron la estatua en el suelo, separada de la cruz. Tallado con gran realismo, el Cristo exánime aparecía con la cabeza ladeada a su derecha, con los ojos cerrados y la boca laxa, semiabierta.

El palacio oscuro

Archivo Diocesano

Capítulo 3.

La edificación donde se ubicaba el centro de documenta-ción era una casa típica lagunera de dos plantas, pintada de rojo teja, con cuatro ventanas en la parte superior y dos puertas en la planta baja. Un cartel minúsculo junto a la entrada principal indicaba que tras aquellos muros se custodiaban miles de documentos de los últimos quinientos años de la historia eclesiástica de Canarias.

Marta entró en la casa y encontró a su izquierda una esca-lera de piedra que subía al piso superior, donde se hallaba la sala de investigadores y el área administrativa. Enfrente, la luz de la tarde embellecía un lustroso patio interior abal-conado, del más puro estilo canario. Marta se dijo que aquel lugar transmitía la esencia lagunera en todos sus detalles.

El palacio oscuro

Monasterio alemán

Capítulo 5.

Llegaron a un edificio en ruinas que evidenciaba haber si-do una iglesia gótica de grandes dimensiones. La niebla dotaba al conjunto arquitectónico de un halo de misterio que la envolvía y que le provocaba cierta inquietud. Se dijo que, con aquella luz tan tenue, las fotografías necesitarían tratamiento para que lucieran mejor.

El grupo entró en la nave mayor de la iglesia sin techo. Los muros se alzaban majestuosos en torno a los visitantes y se juntaban en algunos lugares en arcos estilizados. La falta de cubierta le daba un aire de desasosiego al conjunto, tan típico de toda ruina. A Sandra le recordó a la iglesia de San Agustín, en La Laguna.

El palacio oscuro

Procesión del Cristo

Capítulo 13.

La estatua fue colocada en otro crucifijo sobre un paso, sobre el que salió en solemne procesión en dirección a la catedral. La escoltaron los miembros de la hermandad, todos hombres ataviados de riguroso negro con cirio en mano, y acompañados de una banda de música, además del público que así quiso hacerlo.

La comitiva rodearía la plaza del Cristo y tomaría por la calle Quintín Benito hasta la esquina de Juan de Vera, donde está la Capilla de los Herreros, y luego giraría a la izquierda por esa última en dirección a la Catedral, con parada en el Hospital de Dolores.

Ariosto se mezcló con el público congregado en torno al santuario del Cristo. A pesar de haber podido conseguir una invitación para el acto solemne dentro del templo, prefirió caminar por la plaza dejándose ver, que entendía era lo mejor que podía hacer para acudir a la cita del misterioso sobre.

El palacio oscuro

San Juan

Capítulo 14.

Un halo de tristeza envolvía aquella noche la iglesia de San Juan Bautista, siempre tan sola, sin edificaciones a su alrededor. Tenía el tamaño exacto para que todos dudaran a la hora de catalogarla como iglesia o como ermita. Demasiado grande para ermita, un poco pequeña para iglesia. Pero ahí estaba, disfrutando de su condición equívoca frente al paso del tiempo.

El palacio oscuro

Hotel Taoro

Capítulo 23.

Esta vez dejó pasar la desviación al Puerto de la Cruz por el Botánico y siguió adelante, tomando la salida de La Dehesa. Descendió hacia la costa por la sinuosa carretera serpenteada de casas de todos los estilos imaginables hasta que llegó a la entrada de la carretera de Taoro, una vía que ascendía a la colina donde se encontraba su destino final. Dejó a su derecha la curiosa iglesia anglicana, tan victoriana, y siguió recto hasta llegar al antiguo Gran Hotel Taoro.

Frente a él se alzaba una enorme mole de estilo ecléctico, tres alas de cinco pisos en forma de U, cuya abertura enfrentaba la montaña, y que recordaba a los grandes hoteles de Europa de finales del siglo XIX. En algún lugar había leído que terminó de construirse en 1893 y que su arquitecto fue un inglés. Allí se hospedaron un montón de reyes y reinas, de los cuales solo recordaba a Agatha Christie, la reina de las novelas de detectives. El hotel nunca había sido buen negocio y fue pasando de mano en mano, hasta que el Cabildo de la isla lo compró, más por pena que por interés económico.

El palacio oscuro

Cruz del Cristo

Capítulo 35.

En la mesa del fondo, sobre su superficie, se encontraba la cruz del Cristo, boca abajo, aunque perfectamente reconocible…

–¿Tiene idea de qué venía a buscar? –repreguntó Galán.

–Estoy seguro de que venía a buscar algo en la cruz, pero en la cruz no hay nada.

Los ojos de los presentes se dirigieron hacia el objeto de madera que se encontraba sobre la mesa.

–¿Está seguro? –preguntó Ariosto sin pedir permiso.

–Si se acercan, verán que la madera, que llevamos una semana tratando, es completamente lisa. Lo único destacable es que hay un hueco en la parte baja del madero.

–¿Un hueco? –esta vez fue Pedro quien preguntó.

–Sí, un espacio cuadrado que estaba oculto por una tapa muy bien disimulada por varias capas de pintura y barnices. Solo ha sido ahora, cuando he quitado los revestimientos que lo cubrían, cuando lo he descubierto.

 

El palacio oscuro

Catedral

Capítulo 59.

Empujar la puerta abatible y acceder al interior fue como pasar de un mundo a otro. Una serena penumbra, rota en algunos lugares por los haces de luz que atravesaban las vidrieras de los ventanales y se clavaban en el suelo, le recibió con solemnidad.

Ariosto necesitó unos segundos para que sus pupilas se acostumbrasen a la nueva intensidad lumínica, mucho más amortiguada que en el exterior. Siempre le asombraba la altura del templo, con aquellas columnas que se elevaban con airosa suficiencia, y que recordaban al devoto parroquiano lo pequeña y frágil que era su existencia.

Los ojos se le fueron a su derecha, al entorno del altar. Un par de personas en actitud orante ocupaban los asientos de las primeras bancadas. El silencio era casi absoluto, solo un leve rumor recordaba que tras aquellos muros, palpitaba una ciudad llena de vida.

Los ojos de los presentes se dirigieron hacia el objeto de madera que se encontraba sobre la mesa.

–¿Está seguro? –preguntó Ariosto sin pedir permiso.

–Si se acercan, verán que la madera, que llevamos una semana tratando, es completamente lisa. Lo único destacable es que hay un hueco en la parte baja del madero.

–¿Un hueco? –esta vez fue Pedro quien preguntó.

–Sí, un espacio cuadrado que estaba oculto por una tapa muy bien disimulada por varias capas de pintura y barnices. Solo ha sido ahora, cuando he quitado los revestimientos que lo cubrían, cuando lo he descubierto.

 

El palacio oscuro

Tríptico

El palacio oscuro

Tríptico (detalle)

El palacio oscuro

Tríptico (detalle)

El palacio oscuro

Tríptico (detalle)

Capítulo 59.

Empujar la puerta abatible y acceder al interior fue como pasar de un mundo a otro. Una serena penumbra, rota en algunos lugares por los haces de luz que atravesaban las vidrieras de los ventanales y se clavaban en el suelo, le recibió con solemnidad.

Ariosto necesitó unos segundos para que sus pupilas se acostumbrasen a la nueva intensidad lumínica, mucho más amortiguada que en el exterior. Siempre le asombraba la altura del templo, con aquellas columnas que se elevaban con airosa suficiencia, y que recordaban al devoto parroquiano lo pequeña y frágil que era su existencia.

Los ojos se le fueron a su derecha, al entorno del altar. Un par de personas en actitud orante ocupaban los asientos de las primeras bancadas. El silencio era casi absoluto, solo un leve rumor recordaba que tras aquellos muros, palpitaba una ciudad llena de vida.

Los ojos de los presentes se dirigieron hacia el objeto de madera que se encontraba sobre la mesa.

–¿Está seguro? –preguntó Ariosto sin pedir permiso.

–Si se acercan, verán que la madera, que llevamos una semana tratando, es completamente lisa. Lo único destacable es que hay un hueco en la parte baja del madero.

–¿Un hueco? –esta vez fue Pedro quien preguntó.

–Sí, un espacio cuadrado que estaba oculto por una tapa muy bien disimulada por varias capas de pintura y barnices. Solo ha sido ahora, cuando he quitado los revestimientos que lo cubrían, cuando lo he descubierto.

 

El palacio oscuro

Palacio de Nava

Capítulo 80.

Sandra y Conchín esperaban pacientemente en la puerta del palacio de Nava. La tarde caía y la temperatura lo hacía en consonancia. La fachada de piedra oscura del edificio parecía cada vez menos amable, como si advirtiera a las mujeres de que la entrada en su seno no era bienvenida.

En lo que esperaban, Sandra levantó la mirada de la pantalla de su móvil y se fijó en que Conchín examinaba con detenimiento las singularidades de la fachada.

–Si quieres, te leo lo que dice Internet sobre el palacio –propuso la periodista.

–No estaría mal –respondió Conchín.

–Dice esto: “La fachada principal está enteramente cubierta de cantería y con fajas de almohadillado en ambas esquinas. En la planta baja, la puerta de entrada, adintelada y con el escudo de los Grimón tallado en piedra sobre el friso, está flanqueada por columnas pareadas, corintias, sobre plinto con decoración romboidal”.

 

El palacio oscuro

Patio del palacio

Capítulo 80.

El hombre saludó con la cabeza y se dispuso a abrir la puerta. Una llave de hierro larga entró en una vetusta cerradura y giró en ella con cierta dificultad. El funcionario empujó hacia sí la puerta y esta se abrió. Sandra se asomó. Un recibidor de suelo de piedra gastada daba acceso a otra puerta de hierro colado que lo separaba de un patio amplio, cuyo piso superior estaba sostenido por elegantes columnas apoyadas en bases de estilo clásico. Algunos cristales de las ventanas superiores aparecían rotos, unas garras de hiedra reptaban por las paredes y unas malas hierbas se habían enseñoreado del centro del espacio. La sensación era de abandono.

El palacio oscuro

Escalera de Nava

Capítulo 80.

Los tres se acercaron al lugar indicado y, en efecto, tras un portal de piedra amplio que dibujaba un arco de medio punto, descubrieron un rellano grande del que partía una majestuosa escalera de mármol claro de cuatro tramos. Los escalones poseían una anchura que superaba los dos metros de longitud, tal vez demasiado amplios para las necesidades de una casa como aquella, y el pasamanos surgía de unos cuarterones cuadrados al comienzo de cada tramo y se deslizaba hacia arriba apoyado en unas balaustradas de un blanco inmaculado. La parte inferior de la escalera, vista desde abajo, era de piedra gris pulimentada, que contrastaba con elegancia con el color del mármol. Para Sandra, en definitiva, era una escalera excesiva, a todas luces.

–Nada más que por la escalera, se justifica que llamen palacio a este edificio –dijo Conchín.

El palacio oscuro

Techo de Nava

Capítulo 80.

Volvieron sobre sus pasos al patio central sin ver al señor Pérez. Sandra, cada vez más escamada, tuvo que tirar del brazo de la sensitiva para convencerla para subir por la escalera de mármol al primer piso.

–Fíjate el techo –dijo la periodista–. Está totalmente policromado con escudos y motivos florales.

Sobre el hueco de la escalera contemplaron una cubierta de madera tallada con motivos heráldicos que conservaban parte del esplendor de los colores originales.

–Deben de ser los escudos de los marqueses. Mira que tenían figurines a su alrededor.

–Los motivos se repiten y parecen muchos, pero lo que nos interesa es el centro, el escudo de armas, en definitiva.

El palacio oscuro

Detalle del techo de Nava

Capítulo 88.

Los cuellos de los presentes se estiraron para observar los diferentes motivos que ornamentaban el octogonal techo de madera, pintado con vivos colores que el tiempo no había sido capaz de disminuir. El archivero prosiguió:

–Recordemos que el escudo es el de los marqueses de Villanueva del Prado, y está dividido en cuatro cuarteles, de los que se repiten dos en diagonal. Uno de ellos, un castillo sobre un rombo, es el de la casa de Nava. El otro, que nos interesa más, es el de la familia Grimón.



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