Ira Dei : La Ira de Dios

Portada de Ira Dei

La Laguna, Tenerife. Hace 250 años un asesino en serie aterrorizó la ciudad. Hoy… ha vuelto.

La Laguna, Tenerife. Los trabajos de excavación de una obra dejan al descubierto, accidentalmente, una cripta subterránea. En ella se amontona un grupo de cadáveres que presentan una mutilación especial, pertenecen a personas desaparecidas en el siglo XVIII.

La policía sigue la pista de otro asesinato ocurrido días antes. El inspector Galán constata que la víctima ha sufrido la misma mutilación que los cadáveres de la cripta. ¿Casualidad?

La Laguna, fascinante y desconocida, renacentista y barroca, es el escenario en el que interactúan cuatro personas sin aparente relación -un inspector de policía, una arqueóloga, un funcionario de hacienda en excedencia y una periodista-, cuyas pesquisas se entrecruzan en el presente siguiendo rastros que se hunden en el pasado de la ciudad.

La idea de escribir una novela de misterio y suspense ambientada en la ciudad de La Laguna surgió de las lecturas continuadas a lo largo de años de obras de autores como Ken Follet, Clive Cussler, Douglas Preston y Lincoln Child, por citar los que figuran de modo principal en mi librería. Follet cuenta historias de personas, Cussler aventuras a toda velocidad y el dúo Preston Child…

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…nos narra misterios insondables en ciudades actuales. Fruto de la influencia de este cóctel de escritores podía surgir, y así fue, una historia que contuviera esos elementos, volcada en un lugar con hálito de leyenda como es La Laguna, una ciudad antigua donde el misterio secular se mantiene a pesar de la introducción paulatina de la modernidad.

Los primeros capítulos fueron saliendo del ordenador y mis amigos más cercanos dieron su aprobación a la historia que comenzaba a narrar. Aquello enganchaba, me dijeron. Mete más misterio -decían-, más acción, hay poco suspense aquí….

Uno tras otro los capítulos se sucedieron y en apenas tres meses la novela estaba terminada. Unas cuantas revisiones y la envié a las principales editoriales españolas. La respuesta fue, o bien negativa, o no la hubo, simplemente.

El círculo de personas que leían el manuscrito se fue ampliando y me animaron a no cejar en el empeño. ¿Por qué no editarla aquí, por nosotros mismos?, dijeron.

¿Por qué no? Dicho y hecho.

Aprovechando los ISBN de una pequeña editorial de libros de Historia que habíamos puesto  en marcha unos años atrás, Oristán y Gociano, un grupo de entusiastas de Ira Dei aportó su granito de arena para que la idea se convirtiera en realidad. Madi Ramos se encargó de coordinar, buscar imprenta y preparar el lanzamiento. Victoria Martínez Lojendio fue nuestra  creativa, maquetando el texto, dibujando la portada  y  diseñando la página web de ira dei, que saltó a la red junto con la novela. Raquel Gutiérrez fue nuestra relaciones públicas, a la que siguió en temas de comunicación Doris Martínez. Y Mamen Díez revisó el  texto de arriba abajo, eliminando errores de todo tipo. Ninguna de ellas pertenecía al mundo del libro, pero todas, aportando aquello en lo que eran especialistas, lo hicieron posible. Otros ayudaron de otra manera tan o casi más importante: María Flores, Vicente Dorta, Aurelio Hernández y mi padre, Eusebio Gambín, pusieron el capital necesario para que el libro saliera a la luz. Y otros, como Sandra Ramos y Carlos Castro, empujaron con entusiasmo y estuvieron apoyando cuando se les necesitó, que hubo un momento en que hizo falta gente para todo.

La primera profesional de la distribución de libros que apostó por la novela fue Mar Oropesa, de Libro Siete, que se leyó uno de los veinte ejemplares “de prueba” que salieron antes que el resto y decidió que distribuiría la novela por el Archipiélago. Su apoyo fue fundamental porque nos abrió las puertas de las principales librerías, algo que no hubiéramos sido capaces de hacer sin ella.

Los libros se encargaron a una imprenta de Navarra, que nos dio facilidades para el transporte  y, lo mejor, para el pago. El envío del manuscrito fue tardío y los primeros mil libros llegaron a Tenerife alrededor del diez de diciembre de 2010. Todos los que se dedican a vender libros nos tachaban de locos: empezar la campaña de una novela a mediados de diciembre, cuando lo correcto es empezar desde octubre. Pero así lo hicimos. Libro Siete distribuyó los libros y preparamos una primera presentación en  el Casino de Santa Cruz el 15 de diciembre. Como presentadores contamos con José Manuel Bermúdez, actual alcalde de la ciudad y por entonces vicepresidente del Cabildo, y al conocido periodista José Carlos Marrero. La presentación, a la que asistieron más de ciento cincuenta personas, fue un éxito y la novela comenzó a caminar. A la semana siguiente, hicimos otra presentación en el Museo de Historia y Antropología de Tenerife, en La Laguna, actuando como presentadores el escritor Carlos Pinto Grote,  el catedrático de Historia Antonio Tejera y la diputada Ana Oramas. El recinto se quedó pequeño y en ese día nos dimos cuenta de que algo estaba pasando. Habían acudido muchas personas desconocidas para nuestro grupo, y es que se estaba dando un fenómeno insólito de publicidad boca oreja por toda la isla, “había una novela de misterio que transcurría en La Laguna”. El mensaje caló hondo y el día 22 se habían agotado los primeros mil ejemplares. Hubo que traer a marchas forzadas los otros dos mil que estaban en la Península para abastecer a las librerías. Según nos contaron, en las  navidades de aquel año 2010-2011 se vendieron más de dos mil libros. Con ese precedente, encargamos una segunda edición de otros tres mil ejemplares, que se fueron vendiendo a lo largo del año.

El recibimiento de crítica y público fue espléndido, lo que nos animó a seguir adelante con el proyecto y a este autor a aventurarse a escribir una segunda novela.

GALERÍA

PERSONAJES

ESCENARIOS

Catedral de La Laguna
Capítulo 37

Hernández, que tomó la iniciativa de la marcha. Se giró hacia Ariosto mientras caminaban–. La primitiva iglesia de los Remedios se levantó en el solar que hoy ocupa la Catedral. Comenzada su construcción en torno a 1521, fue reedificada y ampliada en 1619. La fábrica del edificio no era buena, y fue declarada en ruina en 1691, apenas ochenta años después. De nuevo levantada, sufrió a mediados del siglo XVIII una gran reforma. Justo en la época del tercer marqués de Fuensanta, que contribuyó generosamente a su financiación. El crucero se cerró con bóveda en 1749, y se terminó la pintura de los techos en 1757.

Durante todos aquellos decenios, se utilizó el subsuelo del edificio como enterramiento de los parroquianos. Las malas lenguas dicen que los días de mucha lluvia era necesaria una dosis extra de incienso, por el tufillo que salía de las juntas de las losas del suelo. Se consideraba un honor ser enterrado en la iglesia, pero más si se tenía una capilla propia. –A Ariosto el discurso de Hernández, si no fuera por lo mucho que le interesaba, le hubiera parecido el de un pedante guía turístico capaz de hablar durante minutos sin tomar aire–. En esta iglesia había nueve capillas fundadas por las principales familias tinerfeñas. En una de ellas se enterraban los Fuensanta, privilegio propiciado por su entronque con otras familias nobles. La aportación de los acaudalados laguneros a las capillas era fastuosa.

En aquellos años se estilaba ofrendar la imagen, una talla de alto nivel artístico, muchas veces comprada en el extranjero, a la que se acompañaba de su correspondiente ornato. Éste consistía en un retablo y una base, generalmente forrados de chapa de plata, así como candeleros y bujías, cubiertos con un dosel de terciopelo granate con flecos de oro –Hernández se detuvo delante de una pequeña capilla entoldada–. En 1897 la iglesia fue declarada de nuevo en ruina y en la restauración los arquitectos decidieron eliminar las losas sepulcrales, cambiándolas por baldosas con dibujos geométricos. De nuevo en 2001 se cerró el templo, debido al peligro de caída de cascotes. Todo un rosario de obras como ve, y suma y sigue.

Calles de La Laguna
Capítulo 5

El sol comenzaba su inclinación vespertina cuando Marta Herrero llegó al centro de La Laguna. Ya no hacía tanto calor y se veía gente en la calle. Estacionó en el parking de la Plaza del Cristo y se adentró a pie en el casco histórico de la ciudad. A pesar de haber sido elegida Patrimonio de la Humanidad, para el gusto de la arqueóloga sobraban automóviles en el centro. La mayoría de las calles,  trazadas con un regusto colonial único, no estaban diseñadas para que convivieran peatones y coches. Sobraban los coches, por supuesto.

Era una ciudad cuyo trazado no había cambiado en quinientos años, desde su fundación. Una ciudad a escala humana. No se tardaba más de veinte minutos cruzarla de un lado a otro. Su antigua belleza se había visto agredida en los años 60 y 70, en que muchas de las casas centenarias se tiraron para elevar horribles bloques de cemento en aras de una modernización mal entendida. Ahora, a treinta años vista, aquellos lumbreras que otorgaron las licencias de obra habían desaparecido y su poco edificante herencia golpeaba con el puño cerrado la sensibilidad del viandante.

Caminó por la estrecha acera de la derecha, a la sombra, observando las casas bajas impertérritas ante el paso del tiempo, que en aquella parte de la ciudad no se alzaban más de dos alturas. Siempre veía algún detalle nuevo en ellas: una aldaba oxidada, una ventana rota, una puerta desvencijada, una fachada repintada, un verode alzándose entre las tejas. Le fascinaba deambular por la ciudad desde que era estudiante. En sus largos paseos le parecía que entraba en comunicación con la antigüedad de sus muros. Sentía una emoción especial al rozar la mano con las paredes de las viejas casas, percibiendo cómo le transmitían sus secretos más antiguos. Pero la verdadera riqueza de la ciudad no estaba sólo en las armoniosas construcciones de sus rectas calles, en los gastados portales de piedra ni en los elaborados balcones de madera; estaba dentro de aquellas casas, algunas enormes, en sus patios cerrados labrados con maderas nobles, recordatorios de una época en que sus propietarios se gastaban fortunas en la decoración interior de las mansiones; en los jardines y huertos traseros, que llegaban a formar verdaderos bosques dentro de las cuadradas manzanas; en los miles de objetos valiosos que atesoraban muchas familias, que hacían de cada casa un maravilloso museo.

Hotel Aguere
Capítulo 42

Cinco minutos más tarde Sandra y Ariosto se encontraban sentados en el patio interior del Hotel Aguere, una solución cubierta a la falta de bares con terraza en la húmeda ciudad. Curiosamente, el efecto aislante contra el frío también servía frente al bochorno creciente de aquel día de verano. El edificio, que rezumaba una agradable decadencia decimonónica, se elevaba en torno a un patio cerrado con una gran claraboya de cristal, de forma que la luz natural resplandecía sobre las mesas de mármol y las sillas de hierro forjado que se hallaban en su interior.

Plaza del Adelantado
Capítulo 42

Ariosto vigilaba con disimulo la puerta del Ayuntamiento, sentado en un banco de piedra de la plaza del Adelantado, a la sombra de un laurel de Indias. Simulaba leer el Diario de Tenerife, abierto casualmente por la página de sucesos.

Volvió a dirigir su atención a la entrada de la corporación municipal, un edificio noble de piedra gris que daba a uno de los ángulos de la plaza. Ya habían salido casi todos los asistentes al acto, cargados con cámaras y cables. El último grupo se entretenía en los escalones de la puerta, bajo uno de los arcos de la fachada.

Desde allí podía observar como varios colegas felicitaban a la chica. ¿Cómo se llamaba? Buscó la firma en el artículo. Sandra Clavijo.

Esperó pacientemente a que se despidiera de todos. En un momento determinado, se quedó sola, salió a la calle y giró por La Carrera en dirección a la Concepción. Ariosto se levantó raudo y entró en la estrecha calle Deán Palahí, paralela a La Carrera.

No se detuvo en saborear el intenso ambiente a tiempos pasados que desprendía aquel callejón, embutido en el lateral del enorme convento de las monjas Catalinas. Aprovechó que no había nadie en la calle a quien alarmar y corrió por ella hasta alcanzar la siguiente esquina. Con suerte adelantaría a la periodista y al girar se toparía con ella. Llegó a la calle Viana, dobló a la izquierda, cambiando a paso ligero, y llegó finalmente al cruce con La Carrera.

Se asomó. La jugada le había salido bien. A unos quince metros caminaba ensimismada la joven en su dirección. Ariosto esperó a que llegara a su altura.

Calle Anchieta
Capítulo 19

Marta estaba dando la vuelta a la manzana. Le parecía mentira que las casas del marqués estuvieran tan cerca del Micaela, donde había desayunado tantas veces en los años de instituto.

Comenzó su marcha por la calle Anchieta, la “antigua calle El Jardín” –según rezaba en la placa identificadora–, partiendo de la esquina donde se ubicaba la cafetería. La primera casa, de un color tirando a marrón canela, era el exponente típico de las viviendas antiguas laguneras: dos alturas y cinco vanos, distribuidos en tres ventanas arriba, y una puerta y una ventana a cada lado en la planta baja. En ella se mantenía un restaurante que tenía su entrada por la otra calle, Juan de Vera. Las ventanas que daban a Anchieta estaban cerradas, como siempre. Marta no se acordaba de haberlas visto alguna vez abiertas.

A continuación seguía otra casa gris claro. Los grandes ventanales aparecían enmarcados por una decoración en madera preciosista, algo fuera de lo normal en la ciudad.

La siguiente poseía una simetría extraña. Cuatro ventanales de guillotina perfectamente espaciados, pero con una puerta de garaje muy baja, claramente posterior a su construcción, y una puerta de entrada peatonal demasiado alta, diseñada para gigantes.

Seguía la casa de la familia Verdugo, levantada entre los siglos XVI y XVII. Destacaban en ella unas puertas y ventanas simétricas a la izquierda, pero con un trozo de muro ciego a la derecha que arruinaba el efecto visual. Marta miró sus notas. Estas casas no pertenecieron al marqués. Pero a partir de la siguiente era posible que sí lo fueran. Sacó una copia del plano del archivo para comprobarlo. La siguiente casa, de una sola altura, era bastante posterior a las anteriores y ocupaba una de las antiguas entradas a la manzana interior. Estaba justo enfrente de otra casa señorial, la casa de los Van Damme, del siglo XVII. Por la acera de la izquierda, aparecían otras tres enormes casas antiguas, con las fachadas perfectamente restauradas. Como la de la esquina, tres ventanales en el piso superior y dos ventanas y una gran puerta a nivel de calle constituía el arquetipo repetido en todas ellas. La de la izquierda parecía remozada con más esmero, las ventanas y la puerta daban fe de un cuidadoso mantenimiento.

En la del centro las contraventanas interiores de madera estaban completamente cerradas, lo que impedía ver el interior. La tercera era la menos lustrosa, aunque se mantenía bien conservada. Se notaba que el enmaderado de la fachada era de menos calidad que el de las otras.

Desde allí hasta la esquina, dos enormes edificios modernos de tres alturas rompían la uniformidad de la calle. El primero, sin el menor gusto, era un producto típico de los desmanes urbanísticos de los años setenta, y el segundo intentaba, sin conseguirlo, imitar el estilo canario antiguo en las ventanas

Cafetería Molina
Capítulo 36

Caminó a buen ritmo por la calle Viana hasta San Agustín. Diez minutos después llegó al bar. El Molina fue durante mucho tiempo el único bar de la calle San Agustín. Muchos de su clientes eran estudiantes de la UNED que dejaban ocupadas con libros y carpetas las mesas de estudio de la biblioteca, en la acera de enfrente, pero que en realidad pasaban más tiempo en la cafetería. Ramos lo esperaba en el extremo de la barra, controlando la calle. Tomaron un cortado rápido y salieron.

Casino de La Laguna
Capítulo 53

Ariosto caminaba por la calle del Agua cuando se tropezó en la esquina del Casino de La Laguna con Marta, que venía acompañada de Pedro Hernández y el profesor Lugo. Marta le presentó a este último a Ariosto.

–El profesor Lugo ha recabado unos cuantos datos que son importantes para nuestra investigación –dijo Marta–. Es conveniente que los escuchemos.

–Estupendo –respondió Ariosto–. Parece que va a llover, ¿qué les parece si entramos en el Casino y nos sentamos?

Los cuatro se acomodaron en varios sofás de la zona noble del edificio, en un ambiente funcional, aunque algo caduco. Un solícito camarero tomó nota de los refrescos que de modo unánime pidieron todos.

Cafetería Plaza
Capítulo 52

Marta y Ariosto estaban dando cuenta de un par de suculentos bocadillos de lomo en la barra de la Cafetería Plaza, en plena calle de La Carrera. Cubiertos de polvo, parecían dos yesistas en su hora de descanso. Marta había terminado de poner al día a su acompañante de lo sucedido desde la noche anterior. Por su parte, Ariosto le había narrado los avances en la investigación.

RESEÑAS

  • El ritmo es trepidante y no decae en ningún momento. Los capítulos son cortos y acaban de tal manera que casi te obligan a comenzar el siguiente; el autor no te da respiro porque en cada capítulo uno de los personajes es el protagonista.

    Jaci Alia Arreche
    Jaci Alia ArrecheAnika entre libros

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