El Círculo Platónico

Portada de El Círculo Platónico

La Laguna, Tenerife. Un secuestro. Una crisis internacional.
Un enigma. Solo una salida.

Una crisis internacional se desata en La Laguna con el secuestro del embajador vaticano. Las negociaciones han llegado a un punto muerto y el plazo se acaba. Sólo una persona tiene la clave para liberarlo. Luis Ariosto se enfrenta a un intrincado enigma que únicamente podrá resolver contrarreloj con la ayuda de sus colaboradores cercanos. La arqueóloga Marta Herrero, el inspector Antonio Galán y la periodista Sandra Clavijo aunarán esfuerzos para descifrar un problema insoluble, indagando en los misterios ocultos de la vieja ciudad.

Durante la redacción de Ira dei fueron surgiendo ideas para futuras novelas. Una de ellas planteaba realizar un recorrido por La Laguna, una trama que exigiera la visita de edificios importantes de la ciudad. El logotipo del ayuntamiento, una rueda con radios que pretende simbolizar la ciudad circular de Platón, fue la base de donde partir.

De hecho, el título, y casi la portada ya estaban pensados antes…

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…de comenzar la redacción de los capítulos. Así, en la primera edición de Ira dei en su versión canaria de diciembre de 2010, en la solapa interior trasera aparecía una portada inicial –que luego no fue la que se publicó-, pero que evidenciaba la idea dela rueda platónica como elemento primigenio de la historia.

A título anecdótico, es preciso decir que también apareció en esa solapa otra portada de una novela que iba a titularse Tiempo Sur, que posteriormente se convirtió en El viento del diablo –en su momento hablaremos sobre el cambio de nombre- y, en la otra solapa, ya adelantaba que la tercera novela lagunera se titularía La casa Lercaro.

Eran ideas iniciales, que provocaron títulos muy tempranos, y que con posterioridad se harían realidad.

Con El circulo platónico traté de cambiar el registro utilizado con Ira dei, y me propuse escribir un thriller contrarreloj, que transcurriera en muy poco tiempo. Había que relacionar tiempo y espacio y surgió la resolución de un enigma. ¿Para qué resolver un acertijo? Para encontrar algo. ¿El qué? Debía ser  una cosa o una persona. Decidí que fuera la persona, con lo que tenía entre manos una desaparición. Un secuestro.

Así surgió el secuestro del nuncio en La Laguna, y su localización siguiendo las pistas que uno de los secuestradores proporcionaba, a modo de desafío intelectual a uno de los personajes. El candidato solo podía ser Ariosto.

El siguiente paso era crear ese enigma. Había que hilar fino para que los personajes de la novela se vieran obligados a visitar en un corto espacio de tiempo una serie importante de edificios laguneros. Dada la configuración de la ciudad, los inmuebles debían ser religiosos, lo que determinaba también el texto del enigma.

Con estas premisas visité todos los edificios que aparecen en la novela, comenzando por el Obispado –que no es un edificio visitable-, en la que, por intercesión de mi amigo Aurelio Hernández, se me permitió acceder a la zona de despacho del obispo, que es justo donde me imagino que secuestran al embajador papal. Tras el Obispado vinieron las iglesias, ermitas y capillas de Cruz. A pesar de mi escepticismo inicial, logré encontrar en todas ellas elementos que se adecuaban a la perfección al concepto de pista que quería introducir en el texto. Y además, por esas casualidades, al echar un vistazo de su localización en un plano de la ciudad, observé encantado que podía delinear polígonos enlazándolos entre ellos. En segundos surgió un pentagrama y, por consiguiente, un pentáculo. Tengo que decir que el primer sorprendido de la aparición de estas imágenes fui yo mismo. Por un momento llegué a dudar si en realidad existía algo oculto bajo el plano de La Laguna.

Tras montar el  escenario, solo quedaba redactar la trama.

Para los detalles de las calles laguneras conté con la ayuda del doctor en Historia del Arte Carlos Rodríguez Morales, que sabe lo que se puede saber de la historia de la ciudad. Y en las artes latinas tuve la suerte de conocer a Miguel Ángel Rábade, profesor de literatura latina de la universidad de La Laguna, que se avino a hacer de cómplice en la traducción del enigma.

La redacción de la novela terminaría en torno a agosto de 2011 y, tras los trámites de impresión, los libros estuvieron en Tenerife en octubre. Así, pudimos preparar un par de presentaciones y una colocación correcta en las librerías sin tantas prisas como con la primera.

El lanzamiento se hizo según los cánones del mundillo de los distribuidores y libreros y la novela volvió a gozar de la aceptación del público canario. Al igual que Ira dei el año anterior, El círculo platónico fue una de las novelas de mayor venta en las navidades de 2011 a 2012.

Precisamente ese número de ventas es lo que llamó la atención de los principales distribuidores y, a través de ellos, a un editorial de Barcelona con tirada nacional.

El contacto se produjo y comencé a publicar con Roca editorial.

GALERÍA

PERSONAJES

ESCENARIOS

Iglesia de Santo Domingo
Capítulo 32

De la sacristía pasaron al interior del templo, que lucía más amplio de lo que parecía por fuera. Santo Domingo poseía sólo dos naves, pero pasaba por ser una de las iglesias más bonitas de la isla. Las luces del techo se encendieron y mostraron un suelo con dibujo geométrico estilizado que servía de base para que ascendieran las altas y elegantes columnas que sostenían un techo mudéjar de madera labrada. Las paredes laterales aparecían decoradas con frescos de distintas épocas que desembocaban en el altar mayor, en el que destacaba, entre reflejos dorados y plateados, en un enorme manifestador, la virgen del Rosario, la principal imagen de la iglesia.

-¡Aquí hay un san Miguel! –exclamó Marta, entrando en la capilla de la Epístola, a la izquierda del altar. En lo alto de una hornacina, la estatua de un ángel vestido de centurión romano, con espada y escudo, estaba a punto de pisar con cara inexpresiva un curioso diablillo negro con cuernos que trataba de evitarlo.
– Ese no es el que buscamos, es más moderno –dijo Pedro-. El antiguo está en una de las capillas del lateral norte.

El grupo se desplazó rápidamente por la segunda nave, dejando a un lado un gigantesco cuadro en el que la familia dominica al completo -varias decenas de rostros del siglo XVIII- los amonestaba por aquella intrusión. La siguiente capilla, con tres nichos ocupados por sendas estatuas, los esperaba impasible. En el extremo más cercano a la puerta de entrada encontraron la estatua que estaban buscando. Otro centurión romano, de fábrica más tosca –más antigua-, esta vez sin casco, escudo ni alas, adoptaba una pose de cierto fatalismo al notar que le faltaba la espada que portaba en la mano, desaparecida en algún momento oscuro de su historia.

-Esta talla es la original que se exhibía en la Capilla desde el siglo XVI —anunció Hernández, con satisfacción-. Está un poco deteriorada, lo que es bastante normal debido a su antigüedad y a la falta de restauración. Es un San Miguel un tanto decepcionante, pero un arcángel al fin y al cabo.

Ariosto estudió la figura que se alzaba ante sus ojos. La mirada ensimismada del ángel se perdía en un horizonte lejano, rumbo al oeste. Pero además de la mirada, llamaba la atención la expresión corporal. La mano derecha, baja y abierta, era un puro ademán de naturalidad y seguridad en sí mismo. La mano izquierda, la que asía una espada inexistente, se levantaba a la altura del pecho. Ambos brazos formaban una uve en que la mirada del ángel seguía al brazo izquierdo.

Convento de Santo Domingo
Capítulo 32

Pedro recordó que en el antiguo Convento de Santo Domingo se inauguraría la exposición de cruces a la mañana siguiente de la que Ariosto era el comisario. Los edificios se encontraban adosados en ángulo, formando una pintoresca plaza en la que una espadaña de sillares negros delimitaba las fachadas de la iglesia y del amplio cenobio.

Ariosto hizo una señal con el brazo y Olegario descendió del coche. Con su usual tranquilidad, abrió el maletero y cogió el estuche negro. El grupo caminó una manzana en dirección sur y se plantaron ante la iglesia y convento de los dominicos. Un enorme cartel vertical recordaba el evento que se produciría en apenas unas horas.

Ariosto saludó a la pareja de policías locales que vigilaban la entrada del convento y pasaron al interior del edificio. En vez de seguir recto y dirigirse a la zona de exposición, torcieron a la izquierda y accedieron a un antiguo claustro ajardinado restaurado en todos sus detalles. La segunda puerta del lado norte daba acceso a una estancia sin utilizar. Ocasionalmente se usaba para exposiciones de arte, aunque la sala principal era la siguiente, la del lado este.

Obispado
Capítulo 10

Los tres esperaron pacientemente frente a la enorme puerta que daba a la calle San Agustín. La enmarcaban dos parejas de dobles columnas corintias de la misma piedra negra de que se componía toda la fachada, dándole de noche al conjunto un aire amenazador. Doce interminables minutos después sonó el teléfono del cubículo del vigilante. Oyeron lejanamente a Manuel repetir cinco veces «sí, señor» —con un servilismo extremo—, antes de que colgara. A continuación, apareció con las llaves de la puerta con aspecto atribulado y confuso.

—Por favor, me han dicho que pase solo el policía —musitó, abriendo la cerradura de la verja—. Las señoritas mejor se quedan aquí, en la entrada. Espero que comprendan el problema que se podría crear.
Sandra y Marta refunfuñaron, pero no quisieron forzar la situación. El guardia, seguido de cerca por Galán, cruzó el patio, pasó al lado de la fuente donde se aburrían unos peces colorados y subió por la gran escalera de piedra que se encontraba al otro lado.

Iglesia de la Concepción
Capítulo 24

La oscura silueta de la enorme torre de piedra negra de la iglesia de la Concepción se erguía amenazadora, recortándose sobre un cielo sin luna tachonado de estrellas. Los ventanales y balcones de sus siete pisos de altura observaban con desinterés a Marta Herrero y a Pedro Hernández, que esperaban en la base la llegada del cura de la parroquia.

Hacía frío. Una ligera brisa y la alta humedad empeoraban la sensación térmica a cada minuto que pasaba. De vez en cuando, las luces de algún coche solitario rompían la tenue penumbra que la sombra de la torre derramaba por la calle.

Marta y Pedro se balanceaban sobre sus pies en un inútil esfuerzo por entrar en calor. A lo lejos, una figura oscura caminaba deprisa en su dirección. Pedro reconoció la delgada silueta de don Cosme, el párroco de la Concepción. En un par de minutos llegó a la altura de ellos.

Don Cosme les llevó por la pared lateral del gran edificio de la iglesia, dobló la esquina y abrió con una de sus llaves una pequeña puerta lateral que daba acceso a las estancias de la sacristía. Después de recorrer dos pasillos y una escalera, entraron en la iglesia, que se encontraba a oscuras.

El templo vacío era imponente y el silencio total. En la negrura, destacaba intensamente el olor a barniz y cera. Las siluetas de las dos filas de gigantescas columnas que se remataban en arcos de medio punto destacaban sobre la penumbra reinante. El cura caminó con seguridad hasta un cuadro eléctrico y comenzó a encender las luces. Las sombras desaparecieron al instante bajo las incontables bombillas de los enormes candelabros colgados del techo por larguísimas cadenas. Detrás del altar principal, los dorados que rodeaban la imagen de la Virgen contrastaban con el negro mate profundo del sillar del coro que se abría a sus pies.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Marta—. ¿Hay alguna parte más antigua que otra?

—Esta iglesia, como la mayoría de las existentes en la isla, es fruto de una sucesión de construcciones y reconstrucciones.

—Marta notó que Pedro comenzaba uno de sus habituales discursos. Se preparó mentalmente—. Fundada inmediatamente después de la conquista, en los últimos años del siglo XV, su emplazamiento se localizaba un poco más al oeste, aunque en 1511 se trasladó a este lugar. En su inicio constó de tres naves, aunque a mediados del siglo XVIII fue reformada tal como ahora la vemos. La obra no se hizo bien y a comienzos del siglo XIX hubo que derribar una parte y levantarla de nuevo. También se amplió el presbiterio, es decir, la zona del altar, a costa de unas casas anexas.

El arquitecto Diego Nicolás Eduardo, que fue quien terminó la catedral de Las Palmas, se hizo cargo de los planos de la Concepción, que, debido a los problemas políticos de la época de Fernando VII, no se terminó hasta 1820, aproximadamente.

Todavía cincuenta años después hubo que reparar los techos. —Pedro se tomó un breve respiro—. La orientación del templo se ajusta a la liturgia, o sea, el altar hacia el naciente y al poniente la puerta principal de acceso…

—Pero las puertas son laterales, no veo ninguna enfrente del altar —interrumpió Marta.

—Fue anulada porque entraba el viento y el agua cuando llovía. —Pedro hizo acopio de paciencia y trató de recordar por dónde iba. Se encontraban en ese momento enfrente del altar, en medio de la nave central—. No todos los diseños iniciales son perfectos. Por ello la iglesia tampoco tiene fachada propia. Se trata de un caso excepcional, es rarísimo que una iglesia principal solo tenga fachadas laterales. Pero qué se le va a hacer, es parte del encanto lagunero. Las puertas laterales resguardan mucho mejor de las inclemencias del mal tiempo a que nos tiene acostumbrados esta ciudad en invierno. Como iba diciendo, la sucesión de obras hizo que el edificio no tuviera un estilo definido, aunque tal vez por ello resulte más atractiva. Para colmo de revoltijos, a principios del siglo XX, el párroco Rodríguez Moure, con toda la buena intención del mundo, redistribuyó los altares, diseñando auténticos pastiches aprovechando piezas de distintos retablos, con lo que no sabemos con seguridad qué es original y qué no lo es. El altar mayor no era tal como lo ves ahora, sino mucho más rico, con un gran retablo. Tras la intervención de 1972, año en que se cayeron los techos, la iglesia se amplió hacia el fondo, el altar quedó modificado y el conjunto perdió parte de su majestuosidad.

Santuario de El Cristo
Capítulo 42

Ariosto esperaba bajo los arcos cubiertos de hiedra que daban acceso al antiguo monasterio de San Francisco, hoy Real Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna o, como se decía tradicionalmente, El Cristo. Localizado en una esquina de la enorme plaza de San Francisco —también denominada del Cristo por cabezonería popular—, el santuario era un templo de medianas dimensiones rodeado de edificaciones que tal vez alguna vez fueron religiosas, pero que actualmente eran civiles y militares.

A lo lejos, en diagonal, vio llegar a Pedro Hernández acompañado de otra persona. La que tenía la llave de la iglesia. En un par de minutos llegaron a la altura de Ariosto, se saludaron y acto seguido entraron en el patio adoquinado que daba acceso al santuario. Abrieron una de las hojas de la puerta doble y entraron en el templo.

Una vez dentro, el santuario del Cristo lucía más pequeño de lo que parecía por fuera. Una profunda y alta nave provocaba que las miradas se dirigieran inevitablemente al fondo. Allí la imagen de madera de un Cristo crucificado enmarcado en una impresionante hornacina de plata dominaba la zona del altar, orientado de modo extraordinario al sur.

—El Cristo de La laguna es una talla flamenca de comienzos del siglo XVI, según dice la tradición traída a Tenerife por el adelantado Alonso de Lugo —comentó Pedro mientras avanzaban entre dos filas de austeros bancos de madera—. Desde siempre fue referente de culto, aunque su importancia aparece realmente reflejada desde 1588, cuando comenzó a salir en las procesiones de Semana Santa.

Ariosto asintió; conocía la importancia social de aquella imagen y su estrecho vínculo a la Semana Santa lagunera, menos conocida internacionalmente que la de otros puntos de España, pero de una riqueza, solemnidad y devoción tan profundas que no envidiaba a ninguna. Llegaron al final de la nave y observaron la escultura. Tallado con gran realismo, el Cristo exánime aparecía con la cabeza ladeada a su derecha, con los ojos cerrados y la boca laxa, semiabierta. Era un cuerpo sin vida.

Iglesia de San Juan
Capítulo 26

Un halo de tristeza envolvía aquella noche la iglesia de San Juan Bautista, siempre tan sola, sin edificaciones a su alrededor. Tenía el tamaño exacto para que todos dudaran a la hora de catalogarla como iglesia o como ermita. Demasiado grande para ermita, un poco pequeña para iglesia. Pero ahí estaba, disfrutando de su condición equívoca frente al paso del tiempo.

–El profesor Lugo ha recabado unos cuantos datos que son importantes para nuestra investigación –dijo Marta–. Es conveniente que los escuchemos.

Sin embargo, la perenne soledad nocturna de la iglesia-ermita quedó turbada aquella noche con la visita de varias sombras que merodeaban en torno a sus muros. Sandra y Ariosto habían llegado minutos antes en el Mercedes negro, que Olegario había dejado aparcado encima de la amplia acera del lado norte de la avenida Pablo Iglesias, justo enfrente del lateral de la iglesia. Acababan de comprobar que todas las puertas estaban cerradas.

Capilla de la Cruz Moure
Capítulo 33

La primera impresión de Marta al entrar en la Cruz de Moure fue de sorpresa. En un espacio no mayor de quince metros cuadrados. Sobre un suelo brillante de baldosas ajedrezadas, se elevaba un altar enorme sobre el cual destacaba una pequeña imagen de una virgen dolorosa y detrás de ella, una cruz alta con los extremos acabados de plata. Todas las paredes estaban forradas por un amplio lienzo de tela decorada con rayas verticales rosas y amarillas cuyas costuras demostraban poseer una antigüedad considerable. A ambos lados de la cruz varios cuadros con oscurecidas imágenes sagradas escoltaban el altar. Pero lo realmente destacable eran los laterales. A la derecha, empotrada en la pared, una imagen del siglo XVIII de la Divina Pastora dominaba desde una hornacina barroca toda la capilla. A la izquierda, un cuadro de dimensiones respetables con un pasaje de la Natividad, posiblemente la adoración de los pastores, ocupaba toda la pared.

Capilla de la Cruz de Juan de Vera
Capítulo 35

El brillo de la cruz dorada de la capilla de los Herreros atraía las miradas de Marta y de Pedro Hernández, pero no les daba respuestas. La cruz repujada, de una belleza extraordinaria, resaltaba delante de una colgadura enorme de terciopelo rojo y se apoyaba en un altar que ocupaba casi todo el espacio de aquella pequeña construcción. A sus pies unas flores mustias y vencidas formaban parte de un cuadro que había languidecido desde la última apertura de la capilla, en el mes de mayo. Ni el mismo mayordomo —tal vez por el sueño que lo dominaba— reparó en ellas. La arqueóloga y el archivero habían revisado la capilla por todos lados en los diez minutos que llevaban en ella. A la derecha de la cruz un conjunto escultórico de un ángel
con un niño —un ángel de la guarda, aventuró Hernández— era la única posibilidad de conexión con el enigma. El ángel, con un brazo levantado en pose de agarrar algo con la mano que había desaparecido, no parecía concordar con el arcángel del texto en clave. Sin embargo, el archivero estaba seguro de que la ermita debía formar parte del círculo. Sobre l plano, la capilla de los Herreros, y unos cien metros más al oeste la capilla de la Cruz de los Álamos, pertenecían a ese conjunto circular de edificios religiosos que rodeaba la ciudad.

«Bueno —matizaba Pedro mentalmente—, que rodeaba la ciudad antigua, la del plano de Torriani, que es donde mejor se observa.» Por ello analizaba más a menudo el plano de 1592 que el actual.

Catedral de La Laguna
Capítulo 58

Las campanas repicaban gozosas ante el inminente acontecimiento. Después de más de una década, la iglesia catedral de La Laguna sería reinaugurada con toda solemnidad. El sol brillaba en lo alto sin competencia, proporcionando un cielo azul limpio e intenso, en el que se recortaban las torres del templo, escoltadas por unas gigantescas palmeras tropicales que las sobrepasaban en altura.

Capilla de la Cruz de los Plateros
Capítulo39

Olegario aparcó el Mercedes en la calle San Juan, justo delante del semáforo más antiguo de la ciudad, el más irritante de todos. Diez metros más allá se alzaba el cubo granate con tejado a cuatro aguas de la capilla de la Cruz de los Plateros, otra obra levantada en el siglo XVIII. Una puerta de doble vano con una cerradura moderna era el obstáculo que se interponía entre el grupo de Ariosto y su contenido. Los artilugios del chófer funcionaron una vez más. Olegario estaba recobrando a marchas forzadas unas habilidades que creía oxidadas. Nadie parecía descontento por este detalle.

Tras la puerta, el suelo de la única estancia aparecía abarrotado de floreros y faroles y, a un lado, el papa Wojtila miraba asombrado a los intrusos desde su marco de plata. A la izquierda, una imagen de una virgen orante flanqueaba el altar central, donde se encontraba una gran cruz de plata con los extremos dorados. A la derecha, un conjunto de san José y el niño Jesús se hablaban en cómplice silencio.

—¿Qué decía el enigma, Sandra? —preguntó Pedro Hernández.

—«El arcángel lo recibe y desde el arcano lar lo entrega a la cruz de plata… —dijo Sandra, con presteza—, donde la mirada se transmuta en rosario.»

Los ojos de los tres amigos se dirigieron al unísono a las manos de la imagen de la Virgen. Rodeando sus palmas orantes, un rosario de cuentas de madera colgaba inerte y despreocupado.

La Virgen mantenía una mirada baja a su derecha, como si estuviera absorta en una profunda meditación.

Ermita de San Miguel
Capítulo 32

Marta y Pedro agradecieron al somnoliento mayordomo la gentileza de abrir la Capilla en horas tan intempestivas y caminaron a paso ligero por la calle Quintín Benito. Dejaron a su izquierda la inmensa explanada de la plaza del Cristo, que siempre transmitía la sensación de que faltaba algo en su centro, demasiado vacío. Tomaron por la peatonal calle Viana, más cómoda para caminar que la estrecha acera de la paralela, la calle del Agua. En siete minutos en los que no se cruzaron más que con la furtiva sombra de un gato parduzco y esquivo, llegaron a la plaza del Adelantado. A un lado de la barroca fuente central, triste y sin agua, les esperaban Sandra y Ariosto. Los árboles entorpecían la luz de los faroles, dando al entorno un aire taciturno y melancólico.  La ermita de San Miguel, extraña entre dos edificios modernos que destruían el buen gusto de la plaza, permanecía muda y cerrada.

Iglesia y Convento de Santa Clara
Capítulo 40

Los dos hombres dieron la vuelta por la calle del Agua girando por el callejón peatonal donde tenía su entrada el templo. Cuando llegaban a uno de los dos arcos de medio punto que coronaban las puertas de la iglesia del convento de Santa Clara -también llamado de San Juan Bautista, a quien estaba consagrada-, la madre Virtudes se les había adelantado y ya tenía abierta una de las hojas.

-Madre Virtudes, -Pedro captó la atención de la religiosa mientras Ariosto penetraba en el templo-, mi amigo quiere transmitirle una petición especial. Desea orar en privado antes del viaje, como hacían los antiguos marinos antes de embarcar.

 

-Es una petición que no oía desde niña, Pedro –respondió la monja-, pero tu amigo, tan elegante, tiene pinta de estar tan pasado de moda como esa solicitud. No seré yo quien niegue a un parroquiano estar a solas con el Señor. Les doy diez minutos.

La monja desapareció por una puerta lateral, y Pedro sabía que existían muchas probabilidades de que en poco tiempo les espiara desde el otro lado de la reja de clausura -donde las monjas participaban del culto sumidas en la penumbra-, por lo que decidió darse prisa.

Cuando Pedro se reunió con Ariosto, éste ya había comenzado la inspección de la iglesia. La alta nave poseía en sus paredes una colección fantástica de pinturas y esculturas sacras. A la izquierda, tres grandes retablos lucían numerosas tallas policromadas. En la pared contraria dominaban los lienzos. Pero no estaban allí para admirar las obras de arte. Ariosto estaba leyendo el enigma junto al altar de la Virgen de La Esperanza, con su manto verde, que portaba en sus manos un niño Jesús muy tieso e inclinado.

-Recuerde, Pedro –indicó Ariosto- “El cristo sufriente lo hace suyo y señala la cruz de la esperanza”. De las distintas imágenes con que cuenta esta iglesia, sólo hay dos que escenifiquen sufrimiento: un Ecce homo y el Señor del huerto. La primera estatua tiene las manos atadas, con lo que no indica nada. La segunda, sí. Acerquémonos.

Pedro quedó estupefacto cuando se enfrentó a la estatua del Señor del Huerto, del célebre imaginero canario Luján Pérez. Un Cristo con cara de pena que vestía túnica blanca y manto oscuro miraba al cielo buscando consuelo.

-Fíjese en sus manos –dijo Ariosto.

Al igual que otras muchas composiciones religiosas, el Cristo aparecía con los brazos separados, uno más alto que otro, pero en ambos casos, las manos, abiertas, tenían sus dedos índices dirigidos a lugares concretos.

-No me lo diga. –dijo Pedro-, el índice de la mano derecha señala directamente a la Capilla de la Cruz de los Plateros.

Zona de La Concepción
Capítulo 5

Galán asintió, las tapas de aquel local eran estupendas. Además, no era mala perspectiva caminar un poco después de cenar. Tal vez cayera alguna copita. Solo una, había que conducir.

La reciente peatonalización de las viejas calles del centro brindaba unos insospechados paseos para los inicialmente escépticos ciudadanos laguneros y los cada vez más desconsolados habitantes de Santa Cruz. Se había convertido en casi un deporte deambular por las tres calles más importantes del casco histórico, Herradores, La Carrera y San Agustín, rebotando en sus iglesias, palacios y casas señoriales. Edificios que regalaban sin recato un intenso sabor a historia a quienes caminaban a su vera. La Laguna, una ciudad en la que otrora sus moradores hacían vida dentro de las casas, se había convertido en pocos años en un carrusel de movimiento en la calle. Hasta se habían multiplicado las terrazas de bares y cafeterías, cuyos ocupantes —y no solo los fumadores— vencían obstinadamente cada día el frío y la humedad marca de la casa.

RESEÑAS

  • Un detalle, del que los ávidos lectores del género percibirán más intensamente en esta segunda novela de la trilogía, es la similitud de los personajes con los protagonistas de las novelas de Preston & Child. El autor no escatima esfuerzos en conseguir un equilibrio entre todas las partes que desembocan en un final intenso y entretenido.

    Carlos Gobernando
    Carlos GobernandoLibros Totxa

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